Hoy, en la celebración de la chancla voladora…
del “¡te me regresas inmediatamente!”…
del “si te encuentro, vas a ver”…
y del clásico “te organizas con tus cuates, pero aquí mando yo”…
Mando mis más sinceras felicitaciones a quienes tenemos la enorme responsabilidad de formar niños, jóvenes y ciudadanos coherentes, responsables y capaces de sostenerse en una sociedad que cada día exige más y comprende menos.
Porque justamente este fin de semana, y en medio del festejo del 10 de mayo, fuimos testigos de lo que ocurre cuando un adolescente organiza irse de vacaciones con los cuates, ya esta la boquita, ya sabemos a donde vamos a llegar, ya tenemos todo en auto… y de pronto llega la mamá, cruza los brazos y sentencia:
“Nanais. Me regresas a tus cuates y salidital no va a haber”
Así se vio la modificación del calendario escolar.
Primero anuncian —muy convenientemente para el ánimo magisterial— más días de descanso, ajustes y vacaciones extendidas. Después vino el jalón de orejas institucional: que siempre no, que hay que reorganizarnos, y que, finalmente, háganle como quieran pero con solo tres semanas de vacaciones, que por cierto, solo es receso escolar! Termino que se les esta perdiendo en el discurso.
Porque mientras discutimos si son dos, tres, cuatro semanas o más de vacaciones, los indicadores educativos llevan años gritándonos una realidad incómoda.
La prueba PISA de la OCDE aplicada a jóvenes de 15 años ha mostrado un deterioro constante en habilidades básicas:
— Dos de cada tres estudiantes no logran resolver operaciones matemáticas simples ni problemas elementales.
— Uno de cada dos no comprende lo que lee y permanece en los niveles más bajos de competencia lectora.
Y por si eso no fuera suficiente, un estudio de la ANUIES sobre estudiantes de nuevo ingreso a universidades reveló algo todavía más alarmante: cerca del 65% presenta graves deficiencias en lectoescritura, comprensión, sintaxis y coherencia escrita. Jóvenes que llegan a educación superior sin herramientas mínimas para procesar información básica.
Entonces sí, claro que es posible pensar en tres meses de vacaciones. Posible sí es. Pero habría que entretejer, al menos, tres constantes que el discurso oficial suele ignorar.
La primera: la social.
Porque no vivimos en el México de hace veinte años. Hoy no alcanza para cursos de verano, ni para niñeras, ni para “encargar” a los hijos con facilidad. Se presume el aumento al salario mínimo, sí… pero también aumentaron la carne, el huevo, la renta, la vivienda, el transporte, los servicios y hasta la comida corrida.
Así que mientras el gobierno presume bienestar desde la mañanera, millones de familias hacen cuentas para medio sobrevivir. Y en ese contexto, las famosas ayudas sociales dejan de ser apoyo y comienzan a convertirse en mecanismos indispensables de dependencia política.
La segunda: la técnica educativa.
Porque si verdaderamente se quiere reorganizar el calendario escolar, primero habría que arreglar el desastre administrativo que vive el sistema educativo.
El Sistema de Información y Gestión Educativa (SIGED) se ha convertido en el ejemplo perfecto de cómo la burocracia digital también improvisa. Se reportan calificaciones casi un mes antes del cierre real del ciclo, se abren plataformas apenas unos días, el sistema falla constantemente y, mientras tanto, alumnos y padres saben perfectamente que las calificaciones “ya quedaron”.
¿Resultado?
Los estudiantes dejan de asistir.
Los padres dejan de enviarlos porque implica gasto.
Y las escuelas terminan funcionando como guarderías administrativas de cierre de ciclo.
Entonces la pregunta incómoda no es por qué los niños faltan… sino en qué condiciones económicas y sociales una familia decide que mandar a su hijo a clases representa un gasto más pesado que dejarlo en casa.
Y ahí es donde entendemos que el problema nunca fue el calendario.
El problema es que llevamos años maquillando indicadores, simulando aprendizajes y administrando la educación como si fuera trámite burocrático y no formación humana.
Porque mientras los adultos seguimos jugando a mover días en el calendario… los niños siguen llegando a secundaria sin comprender lo que leen, a preparatoria sin saber redactar y a universidad sin herramientas básicas para pensar críticamente.
Pero eso sí… muy descansados

Y por si algo le faltaba a este rompecabezas educativo, la semana pasada la Suprema Corte de Justicia de la Nación terminó de poner sobre la mesa una discusión todavía más delicada.
La ministra Lenia Batres Guadarrama impulsó el proyecto con el que la SCJN avaló el acuerdo de la SEP que flexibiliza la evaluación en educación básica: elimina el requisito mínimo de asistencia para acreditar grados y reduce las condiciones para la reprobación automática.
El argumento suena noble en el discurso: evitar exclusión escolar, priorizar el interés superior de la niñez y entender que la educación no puede medirse únicamente con números o listas de asistencia. Incluso se comparó el modelo con sistemas educativos como Finlandia y Dinamarca.
Y sí… dicho así, hasta parece moderno.
El problema es cuando aterrizamos esa narrativa en la realidad mexicana.
Porque Finlandia no tiene grupos saturados, ni escuelas sin agua, ni padres trabajando doble turno para comer, ni plataformas educativas que colapsan en cierre de ciclo, ni alumnos que pasan años enteros sin comprensión lectora.
Aquí el riesgo no es “flexibilizar”.
Aquí el riesgo es institucionalizar la simulación.
Porque una cosa es comprender el contexto social de un alumno y otra muy distinta mandar el mensaje de que asistir, esforzarse, cumplir y aprender ya no son indispensables para avanzar.
Y entonces entramos en una contradicción peligrosísima:
Por un lado, las estadísticas oficiales nos dicen que los jóvenes no comprenden lo que leen ni resuelven operaciones básicas.
Por otro, el sistema responde diciendo que las asistencias ya no son determinantes y que reprobar debe ser casi excepcional.
Es decir: el paciente está grave… y la solución parece ser esconder el termómetro.
Porque nadie discute que la evaluación tradicional tiene enormes fallas. Claro que las tiene. Durante décadas se confundió disciplina con aprendizaje y obediencia con pensamiento crítico.
Pero tampoco podemos caer en el otro extremo: convertir la permanencia escolar en simple trámite administrativo.
Porque tarde o temprano la realidad cobra factura.
La cobra cuando un joven llega a preparatoria sin saber redactar.
La cobra cuando entra a universidad sin comprensión lectora.
La cobra cuando se enfrenta a un empleo y descubre que el mundo laboral no funciona con “promoción automática”.
Y quizá ahí está la ironía más dolorosa de todo esto:
Estamos tan preocupados por evitar que un niño se sienta frustrado al reprobar… que pareciera que ya nos resignamos a que tampoco aprenda.
Y entonces aparece la GRAN TRAMPA.
La ecuación perfecta para dinamitar el tejido social sin que parezca un ataque… sino un “acto de justicia”.
Niños con becas.
Niños con becas, pero sin necesidad real de asistir.
Niños con becas, sin obligación de asistir… y además con la presión institucional para que el maestro termine colocando una evaluación aprobatoria porque “no se puede afectar su trayectoria educativa”.
Traducido al español cotidiano:
Puedes no ir.
Puedes no aprender.
Puedes no leer.
Puedes no comprender.
Pero vas a pasar.
Y cuidado con el docente que intente sostener un criterio académico, porque inmediatamente será señalado de excluyente, insensible o enemigo del bienestar.
Así, poco a poco, dejamos de formar ciudadanos y comenzamos a fabricar dependientes funcionales del sistema.
Porque un niño educado cuestiona.
Un joven preparado compara.
Un ciudadano crítico exige.
Pero alguien acostumbrado a recibir sin esfuerzo… solamente aprende a obedecer al proveedor.
Y ahí está la verdadera tragedia.
No estamos construyendo igualdad.
Estamos normalizando la mediocridad como política pública.
En un plazo no mayor a diez años veremos generaciones completas con enormes vacíos académicos, emocionales y laborales, intentando competir en un mundo que no perdona improvisaciones.
Pero políticamente el cálculo es brillante:
La mediocridad educativa tarda una década en explotar…
el manejo electoral de la dependencia social puede comenzar a rendir frutos en menos de seis años.
Porque al final, un pueblo educado piensa.
Uno dependiente… agradece.