PARTE I — Primero prometen la salvación
No, no hablo del Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA. Hablo de otro movimiento de transformación nacional. Uno que también nació prometiendo recuperar la grandeza perdida, devolverle al pueblo lo que le habían quitado, acabar con quienes supuestamente habían traicionado a la nación, poner orden, recuperar la dignidad y construir un nuevo país.
Y no, tampoco hablo de México… Hablo de Alemania.
Hay una película muy ilustrativa sobre los Juicios de Núremberg, El juicio del siglo. Les invito a verla con especial atención, porque hay una frase que da vueltas constantemente en mi cabeza:“Comenzaron con las leyes. Haciéndolo legal.”
Y mientras escuchaba aquella explicación sobre cómo un movimiento político consiguió convertir el resentimiento de una sociedad herida en una maquinaria de poder, no pude evitar encontrar ecos incómodos en algunas de las formas en que hoy se hace política.
Aclaro desde ahora: no estoy diciendo que MORENA sea el Partido Nazi. No estoy diciendo que México sea la Alemania de los años treinta. Y mucho menos estoy comparando personas. Sería una comparación histórica irresponsable. Estoy hablando de algo mucho más incómodo: de los mecanismos.
Porque los movimientos políticos pueden cambiar de nombre, de época, de ideología y de país. Pero hay mecanismos de movilización que parecen tener una extraordinaria capacidad para sobrevivir al paso del tiempo.
Uno de ellos es el resentimiento.
Otro es la polarización.
Y hay uno particularmente poderoso: el enemigo.
Ese personaje al que se le atribuye la culpa de todo aquello que una sociedad lastimada, empobrecida, humillada o decepcionada ya no sabe cómo explicar. Y cuando un movimiento político descubre que señalar enemigos moviliza más que explicar propuestas, ocurre algo peligroso: el odio deja de ser una consecuencia del discurso. Se convierte en una herramienta política. Y una herramienta política, cuando funciona, tiende a utilizarse una y otra vez.
Alemania no llegó a los años treinta como una sociedad vacía de problemas. Llegó cargando una derrota militar, una profunda crisis política y una sensación de humillación nacional.
El Tratado de Versalles impuso pérdidas territoriales, restricciones militares y reparaciones. Para muchos alemanes, aquellas condiciones se convirtieron en símbolo de la derrota y de la pérdida de la grandeza nacional.
Después llegó la hiperinflación de 1923. Y posteriormente, la Gran Depresión iniciada en 1929 golpeó nuevamente a una sociedad que todavía no había conseguido estabilizarse. El desempleo creció. Los ahorros de sectores de la clase media desaparecieron. La confianza en la República de Weimar se debilitó.
El Museo del Holocausto de Estados Unidos ha documentado cómo este caos económico contribuyó al malestar social y a la inestabilidad de aquella frágil democracia.
Y aquí aparece la primera lección.
Una sociedad herida no siempre busca mejores argumentos. A veces busca culpables. Porque encontrar las causas de una crisis es difícil. Encontrar un responsable es mucho más sencillo. Es mucho más fácil decir:
“Nos quitaron lo nuestro.”
“Nos humillaron.”
“Nos traicionaron.”
“Alguien tiene la culpa.”
Que explicar durante horas la complejidad económica, política y social que llevó a una nación al desastre. Y ahí entra la política. Porque quien consigue ponerle nombre al resentimiento colectivo puede conseguir algo mucho más poderoso que votos: puede conseguir identidad.
El Partido Nazi no apareció de la nada.
El movimiento surgió en 1919 como Partido Obrero Alemán —DAP— y en 1920 adoptó el nombre de Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, NSDAP, utilizando el término “socialismo” dentro de una estrategia política que buscaba ampliar su capacidad de atracción, particularmente entre sectores trabajadores, al mismo tiempo que disputaba ese espacio al comunismo y a la socialdemocracia.
Su programa de 25 puntos combinaba ultranacionalismo, antisemitismo extremo, críticas al capitalismo, demandas sociales y la construcción de un Estado autoritario fuerte. Desde el comienzo, el programa exigía la unificación de los alemanes en una “Gran Alemania”, la revocación de los tratados de Versalles y Saint-Germain y la recuperación de territorios. También establecía una definición racial de ciudadanía que excluía a los judíos de la comunidad nacional.
No era, por tanto, un movimiento que simplemente decía: “Vamos a gobernar.”
Su mensaje era mucho más emocional: vamos a recuperar Alemania.
Y aquí hay algo que me parece especialmente importante. Los movimientos políticos que consiguen convertirse en movimientos de masas no necesariamente empiezan hablando de lo que harán con cada institución. Empiezan hablando de lo que harán sentir a la gente.
Orgullo.
Dignidad.
Esperanza.
Indignación.
Pertenencia.
Y, finalmente, rabia.
Porque la rabia tiene una virtud electoral extraordinaria: mueve.
La esperanza puede convencer.
La propuesta puede persuadir.
Pero el enojo… el enojo moviliza.
Y si además conseguimos decirle a una persona quién tiene la culpa de su enojo, acabamos de entregarle un enemigo.
Durante los años veinte, los nazis no lograron conquistar inmediatamente el poder. En 1923 intentaron tomarlo mediante la fuerza y fracasaron. Después cambiaron de estrategia. En lugar de intentar derribar el sistema de inmediato, comenzaron a competir electoralmente y a utilizar campañas de masas, propaganda, violencia política y maniobras dentro del sistema para debilitar a la República de Weimar.
El Museo del Holocausto describe precisamente ese cambio: a mediados de los años veinte, el partido pasó a buscar el poder mediante elecciones mientras utilizaba propaganda, violencia y estrategias políticas para socavar la democracia desde dentro.
En julio de 1932, el Partido Nazi obtuvo 37.4% de los votos y 230 escaños, convirtiéndose en la mayor fuerza del Reichstag. No obtuvo la mayoría absoluta. Pero se convirtió en el partido más grande. En noviembre de ese mismo año perdió votos y bajó al 33%, pero continuó siendo la principal fuerza parlamentaria.
El 30 de enero de 1933, Paul von Hindenburg nombró a Adolf Hitler canciller. Hitler no llegó solo. Fue colocado al frente de un gobierno de coalición en el que también había conservadores y figuras no nazis que creían que podrían controlarlo. Y esto también importa.
Porque la historia no puede reducirse a: “Hitler llegó y todos los alemanes se volvieron nazis.” No ocurrió así.
La democracia alemana se fue debilitando mientras distintos sectores de la sociedad pensaban que podían utilizar el movimiento para resolver sus propios problemas.
Unos querían acabar con el comunismo.
Otros querían recuperar el orden.
Otros querían recuperar la grandeza nacional.
Otros querían estabilidad económica.
Otros querían una autoridad fuerte.
Y algunos simplemente estaban cansados de la democracia parlamentaria.
Cada grupo podía encontrar una razón distinta para acercarse. Pero todos podían escuchar una misma promesa: Alemania volvería a su GRANDEZA.
El crecimiento nazi tampoco fue exclusivamente un fenómeno de las clases populares. La investigación histórica ha mostrado una presencia significativa de sectores de clase media, empleados de cuello blanco y funcionarios. Un estudio de William Brustein sobre los afiliados al partido entre 1925 y 1933 encontró precisamente una fuerte presencia de la llamada nueva clase media alemana.
Es decir: no fue simplemente un movimiento de pobres contra ricos. Fue una coalición política mucho más compleja. Y eso resulta importante porque demuestra que los movimientos de masas pueden unir a personas muy diferentes alrededor de una misma identidad política.
Y aquí aparece otra palabra que debemos observar: MOVIMIENTO.
No solamente partido.
Movimiento.
Porque un partido compite por el poder.
Un movimiento pretende transformar la sociedad.
Y cuando el movimiento consigue convencer a sus integrantes de que ellos representan una causa histórica, el adversario deja de ser simplemente otro candidato. Se convierte en alguien que está obstaculizando esa transformación. Y entonces comienza una peligrosa simplificación: nosotros somos quienes queremos cambiar las cosas. Ellos son quienes quieren impedirlo.
En las campañas electorales de 1932, Hitler presentó al parlamentarismo como incapaz de resolver los problemas de Alemania y defendió la necesidad de un liderazgo fuerte.
El programa nazi y su propaganda apelaban al nacionalismo, a la recuperación de los territorios perdidos, al rechazo del Tratado de Versalles y a la reconstrucción de una Alemania fuerte.
El Museo del Holocausto señala que las promesas de rearme, recuperación territorial y recuperación del protagonismo alemán ayudaron a que sectores de votantes pasaran por alto aspectos cada vez más radicales de la ideología nazi.
Y aquí aparece la parte verdaderamente incómoda.
Cuando una sociedad está suficientemente dolida, puede empezar a perdonar cosas que en otro momento no habría permitido.
Primero dice:
“Bueno, habla demasiado fuerte, pero tiene razón.”
Después:
“No me gusta cómo trata a sus adversarios, pero alguien tenía que poner orden.”
Después:
“No estoy de acuerdo con todo, pero está defendiendo al país.”
Y finalmente:
“Si lo votó la mayoría, por algo será.”
La normalización no ocurre de golpe. Ocurre por pequeñas concesiones. Una frase que se tolera. Una descalificación que se aplaude. Un adversario al que se deja de escuchar. Una institución que empieza a parecer un estorbo. Una excepción que se convierte en costumbre. Y una ley que mañana puede convertirse en el mecanismo que ayer parecía imposible.
El 27 de febrero de 1933 ardió el Reichstag. El origen del incendio sigue siendo objeto de debate histórico, pero el gobierno nazi lo presentó inmediatamente como evidencia de una supuesta conspiración comunista para derrocar al Estado. Al día siguiente, Hindenburg promulgó el llamado Decreto del Incendio del Reichstag.
Ese decreto suspendió derechos fundamentales, incluida la libertad de expresión, de prensa y de reunión, permitió detener opositores sin cargos específicos y amplió extraordinariamente las facultades del gobierno central y de la policía.
El miedo acababa de convertirse en una herramienta jurídica.
Pero esa historia… esa historia la vamos a contar en la segunda parte.
Porque aquí está precisamente el punto en el que la frase de aquella película adquiere todo su significado:
“Comenzaron con las leyes. Haciéndolo legal.”
Y antes de llegar a las leyes hubo algo más. Hubo una sociedad convencida de que necesitaba ser salvada. Por eso ésta no es una historia sobre nazis. Es una historia sobre cómo comienza un proceso de concentración del poder.
Porque el autoritarismo no suele presentarse a la puerta diciendo:
“Buenas tardes. Vengo a quitarles sus libertades.” Llega mucho más educadamente.
Dice:
“Vengo a salvarlos.”
“Vengo a devolverles lo que les quitaron.”
“Vengo a terminar con los corruptos.”
“Vengo a poner orden.”
“Vengo a defender al pueblo.”
Y mientras todos discuten si el salvador tiene razón… el salvador empieza a preguntar quiénes son los enemigos del pueblo.
Y ése es el momento en que deberíamos empezar a mirar con mucha atención. Porque cuando un movimiento descubre que el odio moviliza más que las propuestas, ya no necesita convencer a todos. Sólo necesita conseguir que suficientes personas crean que los otros son el problema.
Y cuando eso funciona… el siguiente paso ya no es conquistar las urnas.
Es conquistar las reglas.
Y quizá ésa sea la primera gran advertencia que nos deja esta historia: antes de que un movimiento pueda cambiar las leyes, primero necesita conseguir que una parte de la sociedad esté convencida de que cambiar las reglas es necesario para salvar al país.
CONTINUARÁ…
PARTE II — “Comenzaron con las leyes”
De la emergencia al poder: el Decreto del Incendio del Reichstag, la Ley Habilitante, la eliminación de los contrapesos y una pregunta incómoda:
¿Puede una democracia ser utilizada legalmente para desmontar las condiciones que la hacen democrática?