El fin de semana pasado tuvimos un episodio que difícilmente podría ser más ilustrativo.
Rubén Rocha Moya regresó a la gubernatura de Sinaloa después de 112 días de licencia, mientras continúan abiertas investigaciones en México y después de que fiscales estadounidenses lo acusaran de vínculos con el Cártel de Sinaloa. Rocha niega las acusaciones.
Pero lo más interesante fue la reacción de Morena.
El partido se deslindó.
Sus bancadas se deslindaron.
La presidenta Claudia Sheinbaum dijo que no sabía que regresaría y calificó la decisión de imprudente.
Y al día siguiente, Rocha volvió a pedir licencia.
Regresó al poder y duró alrededor de un día.
La política mexicana también tiene humor negro.
Pero el asunto serio está en otro lado.
¿Qué está haciendo la Fiscalía General de la República?
La FGR mantiene abierta la investigación. En julio informó que todavía no tenía pruebas suficientes para sostener los señalamientos contra Rocha bajo el estándar probatorio mexicano, aunque aseguró que la investigación continuaba.
Y aquí debemos ser justos:
una acusación no es una condena.
Rocha no debe ser condenado sin pruebas.
Pero tampoco debe ser exonerado antes de que termine la investigación.
Precisamente para eso existe una Fiscalía.
Y ahora resulta significativo que un senador de Morena, Manuel Huerta, también esté exigiendo que la FGR acelere las investigaciones sobre Rocha y otros políticos sinaloenses.
Entonces la pregunta es:
¿cuándo tendremos resultados?
Porque la oposición lo exigió durante meses en el Congreso y en el Senado.
No los condenen.
No los protejan.
Investíguenlos.
Eso es lo que deben hacer las instituciones. Si no…
¿para quién funcionan las instituciones?
Una Fiscalía debe investigar al adversario, pero también al aliado.
Al gobernador.
Al funcionario.
Al empresario.
A cualquiera.
Sin camiseta partidista.
Porque si una institución investiga, pero los resultados nunca llegan, el ciudadano tiene derecho a preguntar:
¿qué está pasando?
La propia FGR reservó hasta 2031 las preguntas que hizo a Rocha durante su comparecencia, argumentando que revelar esa información podría afectar la investigación.
Puede haber una razón jurídica para reservar información.
Pero políticamente hablando: ¿cuánto tiempo puede durar una investigación de esta magnitud sin resultados públicos?
Esto conecta directamente con lo que hemos venido diciendo.
Una democracia no se mide solamente por las leyes que aprueba.
Se mide también por la independencia de las instituciones que deben hacerlas cumplir.
El pueblo no tiene partido.
Y tampoco tiene dueño.
Y cuando un movimiento comienza a decir:
“Nosotros somos el pueblo”,
la pregunta siguiente es inevitable:
¿entonces quiénes están contra el pueblo?
Ahí es donde la polarización deja de ser solamente una estrategia electoral.
Y se convierte en una herramienta de control político.
Porque cuando el adversario se convierte en enemigo, la crítica en traición y la institución independiente en obstáculo, el problema deja de ser quién gobierna.
El problema es qué límites quedan para quien gobierna.
Y aquí quiero ser muy precisa:
No voy a decir que Morena está acabado.
Tiene poder.
Tiene estructura.
Tiene gobiernos estatales.
Tiene capacidad electoral.
Pero una cosa es tener poder…
y otra conservar autoridad moral.
Y ahí sí estamos viendo desgaste.
El movimiento que llegó diciendo:
“ellos son los corruptos”,
ahora tiene que responder por los suyos.
El que decía:
“las instituciones estaban capturadas”,
ahora tiene que demostrar que las propias funcionan.
Y el que decía:
“el pueblo manda”,
ahora tiene que explicar quién decide qué quiere el pueblo.
Eso es lo que mostró el caso Rocha.
Regresó.
Morena se deslindó.
La presidenta se deslindó.
Y Rocha volvió a pedir licencia.
La grieta ya no está afuera. Está adentro.
Y ése puede ser el verdadero desgaste de Morena.
No necesariamente el electoral.
Todavía no.
El desgaste de la narrativa.
Porque cuando un movimiento llega al poder prometiendo acabar con la vieja política y empieza a reproducir sus viejas tentaciones —poder personal, pugnas internas, privilegios y lealtades políticas— aparece una contradicción difícil de ocultar:
la transformación empieza a parecerse demasiado a aquello que prometió sustituir.
Y ahí está el cierre de esta serie.
Primero fue la salvación.
Después la regeneración.
Luego la transformación.
Y finalmente:
“El pueblo decidió.”
Pero el pueblo no es el gobierno.
El pueblo es también quien cuestiona al gobierno.
Y por eso la pregunta final no es:
“¿Quién va a derrotar a Morena?”
La pregunta es:
¿cuánto tiempo puede sobrevivir un movimiento cuando deja de parecerse a la promesa que lo llevó al poder?
Porque los partidos pueden perder elecciones y recuperarlas.
Lo que es mucho más difícil recuperar es la credibilidad.
Y quizá el verdadero peligro para Morena ya no sea la oposición.
Sea la realidad.
Porque contra un adversario siempre puedes construir otro discurso.
Pero contra tus propios resultados, tus propias contradicciones y tus propias instituciones…
ya no alcanza con señalar hacia atrás.
Entonces:
¿Qué hicieron con el poder que el pueblo les dio?
Porque los movimientos políticos no siempre se desmoronan cuando pierden una elección.
A veces comienzan a desmoronarse cuando la gente deja de creer en ellos.
Y ése…
ése sí puede ser el principio del fin.