«Las democracias rara vez desaparecen de un día para otro. Lo hacen lentamente, cuando la sociedad comienza a normalizar aquello que antes le habría parecido inaceptable.»
Todos hemos escuchado alguna vez hablar de las famosas red flags, esas banderas rojas que aparecen cuando comenzamos una relación sentimental. Al principio parecen insignificantes: una mentira «piadosa», un ataque de celos disfrazado de amor, una llamada para saber dónde estás «porque se preocupa por ti», una crítica constante hacia tu familia o tus amigos porque «no te convienen». Casi siempre hay alguien que intenta advertirnos, pero el enamoramiento nos convence de que exageran.
El problema nunca fue la primera bandera roja.
El problema fue ignorar la segunda… la tercera… la cuarta.
Hasta que un día descubres que aquella persona que prometía protegerte terminó por aislarte, controlarte y convencerte de que nadie más decía la verdad. Las democracias, curiosamente, también tienen sus propias banderas rojas.
No despiertan un lunes convertidas en dictaduras. La historia muestra que el deterioro institucional suele ser gradual, casi imperceptible. Cada decisión parece tener una explicación razonable; cada exceso encuentra una justificación; cada concentración de poder se presenta como una necesidad para gobernar mejor.
Y mientras tanto, la sociedad se acostumbra.
El enamoramiento político también existe. Y cuando aparece, dejamos de evaluar a los gobernantes por sus resultados para empezar a justificar sus errores por nuestras convicciones. Dejamos de cuestionar a las personas que apoyamos y comenzamos a cuestionar únicamente a quienes piensan distinto.
No es una idea nueva. Los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en Cómo mueren las democracias, sostienen que en el siglo XXI las democracias rara vez son destruidas por un golpe de Estado; con mayor frecuencia se debilitan desde dentro, mediante la erosión gradual de las instituciones, el debilitamiento de los contrapesos y la normalización de conductas que antes habrían provocado un amplio rechazo.
Las últimas semanas nos han dejado varios ejemplos que, independientemente de la posición política de cada quien, merecen una reflexión.
El debate público nacional volvió a llenarse de descalificaciones personales. En lugar de discutir políticas públicas, seguridad, crecimiento económico o salud, buena parte de la conversación giró en torno a ataques entre dirigentes políticos y familiares de expresidentes. Cuando el adversario deja de ser un competidor democrático para convertirse en un enemigo moral que debe ser exhibido o ridiculizado, el nivel del debate se degrada y la polarización sustituye a los argumentos.
Otra discusión surgió a partir de declaraciones de la ministra Lenia Batres sobre la posibilidad de gravar las herencias. Conviene precisar los hechos: no existe una iniciativa formal de la Suprema Corte, y la propia presidente Claudia Sheinbaum señaló que esa medida no forma parte de la agenda del Gobierno. Sin embargo, el episodio abrió un debate legítimo: ¿hasta dónde debe llegar el Estado en materia tributaria y patrimonial? En una democracia, esa discusión debe resolverse con argumentos, transparencia y deliberación pública, no mediante la descalificación automática de quien piensa diferente.
Otra bandera roja aparece cuando la justicia comienza a percibirse como desigual.
El caso reciente del exdirector de Pemex acusado de violencia familiar volvió a generar indignación. Más allá de la resolución jurídica, muchas personas se preguntan si una víctima que no continúa un procedimiento siempre lo hace en condiciones de absoluta libertad o si, en algunos casos, existen factores de presión imposibles de advertir desde el exterior. No corresponde afirmar una respuesta sin pruebas; sí corresponde reconocer que esa duda revela un problema de confianza en las instituciones encargadas de procurar justicia.
La percepción se agrava cuando algunos procedimientos contra figuras de oposición reciben una atención pública intensa y avanzan con rapidez, mientras otros expedientes relacionados con personajes cercanos al poder son percibidos por una parte de la ciudadanía como más lentos o menos visibles. Cada caso tiene sus propias circunstancias jurídicas y sería incorrecto asumir que todos obedecen a una misma lógica. Pero la percepción de selectividad, cuando se instala, erosiona la confianza en la imparcialidad del Estado.
Y es precisamente ahí donde aparecen las verdaderas banderas rojas.
No porque exista una sentencia definitiva que permita concluir que hay persecución política, sino porque comienza a instalarse la sospecha de que la justicia podría dejar de ser vista como igual para todos. Y cuando la confianza en la imparcialidad de las instituciones se erosiona, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales.
En Morelos tampoco pasamos inadvertidos.
La gobernadora Margarita González Saravia llamó públicamente a la ciudadanía a no hacer caso a los medios de comunicación ni a las redes sociales y a privilegiar la información oficial del gobierno. Es posible que su intención haya sido responder a lo que considera campañas de desinformación. Pero las palabras importan. En una democracia, la prensa crítica, los medios independientes y la diversidad de opiniones no son un obstáculo para gobernar; son uno de los principales mecanismos de vigilancia del poder.
Los gobiernos democráticos no necesitan que la ciudadanía escuche una sola versión de los hechos. Necesitan ciudadanos capaces de contrastar información, cuestionar al poder y formarse un criterio propio.
Las relaciones tóxicas no empiezan con un golpe.
Empiezan cuando alguien te convence de que no confíes en nadie más que en él.
Cuando te dice que todos los demás mienten.
Cuando consigue que justifiques aquello que antes habrías condenado.
Con las democracias ocurre algo parecido.
El día que dejamos de exigir el mismo estándar para todos, dejamos de defender instituciones y empezamos a defender personas.
Y quienes alguna vez sobrevivieron a una relación tóxica saben algo que la historia también confirma: las banderas rojas nunca aparecen todas el mismo día.
Aparecen una por una.
Tan despacio… que, cuando finalmente las vemos todas juntas, descubrimos que llevábamos demasiado tiempo aprendiendo a vivir con ellas.
Y es entonces cuando debemos de cuestionarnos… ¿Cómo va nuestra relación con este amado gobierno?
LA ANALOGÍA DE LAS «RED FLAGS» EN UNA RELACIÓN TÓXICA