Hay noticias que parecen no tener ninguna relación entre sí.
Una prueba internacional de educación.
Un joven que abandona la escuela.
Una familia que deja de poner límites.
Una comunidad donde el robo se vuelve cotidiano.
Un comerciante que paga extorsión para poder abrir su negocio.
Un policía que mira hacia otro lado.
Un funcionario que roba desde el escritorio.
Una ciudad donde se normaliza la violencia.
Y, finalmente, una joven española de 21 años que llega a Morelos para estudiar y termina asesinada en Cuautla.
Todo parece una colección de hechos aislados.
No lo es.
Hace unos días volvimos a mirar los resultados de PISA y apareció, otra vez, la fotografía incómoda de nuestro sistema educativo: México se encuentra entre los países con peores resultados de la OCDE.
Matemáticas: apenas alrededor de 30 de cada 100 estudiantes alcanzan el nivel básico de competencia, es decir, el nivel 2.
Ciencia: aproximadamente la mitad de los alumnos no logra superar el nivel básico de desempeño.
Tendencia: el país mantiene un rezago educativo profundo y, en varias áreas, se encuentra por debajo de los niveles alcanzados antes de la pandemia.
Pero PISA no mide delincuencia.
Y aquí conviene hacer una precisión para no caer en el discurso fácil: un niño que obtiene malos resultados en Matemáticas no se convierte en delincuente.
No.
El problema es mucho más profundo.
PISA nos está mostrando que una parte importante de nuestros adolescentes está terminando la educación obligatoria sin haber consolidado capacidades elementales para comprender información, resolver problemas, interpretar evidencia, pensar críticamente y tomar decisiones complejas.
Y una sociedad que educa mal no produce automáticamente criminales.
Pero sí puede producir algo que resulta peligrosísimo: ciudadanos más vulnerables a la manipulación, a la violencia, a la desinformación, a la normalización de conductas ilícitas y a la idea de que las reglas son negociables cuando nadie las hace cumplir.
Ahí empieza el problema.
Porque la educación no termina en la escuela.
Empieza mucho antes.
Empieza en la familia.
La escuela recibe lo que la familia construyó —o no construyó— y devuelve a la sociedad lo que fue capaz de transformar.
Después viene la calle.
Y si en la familia no hay límites, en la escuela no hay autoridad, en la comunidad no hay oportunidades y en las instituciones no hay consecuencias, aparece el espacio perfecto para que otros eduquen.
Y hay quienes educan en la violencia.
Y Cuautla es el ejemplo incómodo
Cuautla no necesita que nadie le invente una crisis de seguridad.
El propio Plan Municipal de Desarrollo 2025-2027 reconoce que entre 2019 y 2024 los delitos registrados pasaron de 8,096 a 8,385.
En 2024 se contabilizaron 1,751 robos, 850 lesiones, 772 amenazas, 712 casos de violencia familiar, 197 homicidios y 150 extorsiones. El robo representó, por sí solo, 20.9% de todos los delitos registrados.
Y el problema llegó a tal dimensión que el Gobierno federal puso en marcha el Plan Cuautla, con participación de Defensa, Marina, Guardia Nacional, SSPC, Policía Estatal y Policía Municipal.
En julio se desplegaron 394 elementos y 79 unidades en 14 colonias para combatir específicamente homicidios, extorsión y cobro de piso.
Ah… y un buen de lonas que se multiplicaron con la visita de la presidenta el pasado jueves.
No estamos hablando, entonces, de una percepción.
Estamos hablando de una ciudad que el propio Estado identificó como un punto que requería una intervención extraordinaria.
Y entonces ocurre lo que nadie quería que ocurriera.
El 12 de septiembre, Claudia Tacoronte Aguilera, estudiante española de 21 años, se encontraba en Cuautla como parte de un intercambio académico entre la Universidad de Granada y la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
Estudiaba Educación Infantil.
Había llegado a México aproximadamente un mes antes.
Y terminó muerta por heridas de arma blanca en las inmediaciones de la Casa de la Cultura.
La Fiscalía de Morelos investiga el caso bajo protocolo de feminicidio y mantiene abiertas las líneas de investigación; una de las primeras versiones apunta a un posible asalto.
Aquí también debemos ser rigurosos.
No sabemos todavía si jurídicamente fue un feminicidio.
No sabemos con certeza cuál fue el móvil.
No sabemos todavía quién la asesinó.
Y no debemos convertir una hipótesis en sentencia.
Pero sí sabemos algo:
una joven extranjera llegó a Morelos mediante un programa académico y fue asesinada en una ciudad que ya había sido identificada por las autoridades como un punto crítico de seguridad.
Eso sí está documentado.
Y eso tiene consecuencias.
Porque esta vez el problema cruzó una frontera
Cuando un ciudadano mexicano es asesinado, la tragedia suele quedarse atrapada dentro de nuestras fronteras y convertirse, tristemente, en parte de una estadística que muchas veces termina sin justicia.
Cuando una estudiante española es asesinada durante un intercambio universitario, la historia cambia de dimensión.
Ya intervino el Consulado de España.
Ya habló el ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, quien exigió justicia y esclarecimiento.
Ya reaccionó la Universidad de Granada.
Ya existe comunicación entre autoridades mexicanas y españolas.
Y aquí aparece la pregunta incómoda:
¿El Plan Cuautla funciona?
Porque la política de seguridad también es política educativa.
Si un estudiante no puede caminar seguro por la ciudad donde estudia, toda esa política de “mejora” en seguridad deja a Morelos en el ojo internacional.
Un estado que quiere turismo, inversión, intercambios académicos, congresos, eventos internacionales y estudiantes extranjeros necesita algo más que folletos.
Necesita seguridad.
Y aquí también vale preguntar, con toda responsabilidad, a quienes presumen programas de prevención:
¿De verdad estamos previniendo?
Porque mientras se nos habla de estrategias, cartillas y acciones de prevención, en Morelos seguimos contando mujeres asesinadas.
Entonces quizá habría que preguntarle a la niña Clarisa Gómez si su cartilla de prevención funcionó para las mujeres que han sido asesinadas este año.
Porque una política pública se mide por sus resultados, no por el número de lonas, presentaciones o fotografías de la inauguración.
La violencia no aparece de repente
Ese es el punto que seguimos sin querer entender.
La delincuencia no empieza con un arma.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando un niño descubre que mentir no tiene consecuencias.
Cuando copiar en un examen se convierte en una habilidad y no en una falta.
Cuando agredir a un compañero se resuelve con un “son cosas de niños”.
Cuando el adolescente descubre que la autoridad escolar no puede hacer nada.
Y peor aún: cuando corren a quien quiere poner orden y terminan empoderando al lado contrario.
Cuando en casa se normaliza la violencia.
Cuando el joven abandona la escuela y encuentra en la venta de droga una manera de conseguir dinero fácil.
Cuando ve que un comerciante paga piso.
Cuando descubre que denunciar puede ser más peligroso que callar.
Cuando escucha que un funcionario roba millones y sigue caminando por la calle.
Cuando la corrupción deja de escandalizar y comienza a formar parte del paisaje.
Ahí está la verdadera cadena:
Familia. Escuela. Comunidad. Instituciones.
Y cuando todos fallan un poco, el resultado termina fallando por completo.
Y aquí aparece nuestra gran contradicción
México puede presumir que los homicidios están disminuyendo.
También ha informado reducciones importantes en Morelos.
Perfecto.
Pero las estadísticas nacionales no caminan por las calles.
Las personas sí.
Y la percepción de seguridad tampoco se resuelve con una gráfica.
Quien camina espera llegar vivo a casa.
Lo verdaderamente grave
No es solamente que hayan matado a Claudia.
Es que podemos acostumbrarnos.
Que una noticia desplace a otra.
Que volvamos a hablar de otra extorsión, otro robo, otro desaparecido, otro homicidio, otro funcionario detenido, otro operativo, otra promesa.
Y que todo continúe igual.
Porque cuando una sociedad empieza a considerar normal que haya zonas donde no se puede caminar, negocios que tienen que pagar para trabajar y jóvenes que tienen miedo de salir de casa, la violencia ya no es solamente un problema de seguridad.
Es una forma de organización social.
Y ahí es donde la educación vuelve a aparecer.
No como la solución mágica.
Sino como el primer lugar donde todavía podemos enseñar que las reglas existen, que la vida tiene valor, que el otro importa, que el poder tiene límites, que el delito tiene consecuencias y que convivir con los demás exige responsabilidad.
Por eso PISA y Cuautla sí tienen algo que decirse.
No porque una mala calificación produzca delincuentes.
Sino porque ambos nos muestran, desde extremos distintos, qué ocurre cuando dejamos de construir capacidades, límites, pensamiento crítico, ciudadanía y responsabilidad colectiva.
Primero se deteriora la convivencia.
Después se deteriora la escuela.
Luego se deteriora la comunidad.
Finalmente se deteriora el Estado.
Y cuando el Estado falla, la violencia ocupa el espacio vacío.
Claudia llegó a México para estudiar Educación Infantil.
Tal vez ésa sea la ironía más brutal de esta historia:
una joven que estaba preparándose para enseñar a nuestros niños terminó convertida, sin quererlo, en una lección para todos nosotros.
La pregunta es si vamos a aprenderla.
O si, como buenos alumnos de un sistema educativo que presume mucho y enseña poco, también vamos a reprobar este examen.
De PISA y corre… por tu vida en Cautla!.