Hay momentos en que el silencio institucional deja de ser prudencia y se convierte en complicidad. El asesinato de dos maestras en Michoacán no es un hecho aislado, es una advertencia. Y lo más grave es que llega precedida de otras señales que decidimos minimizar: Monterrey 2017, Torreón 2020, CCH Sur 2025. ¿Cuántas veces más necesitamos que la violencia entre por la puerta de la escuela para aceptar que ya está instalada dentro?
Hoy no basta con indignarse. Hay que nombrar el problema con todas sus letras. Existe una cultura que está incubando odio, particularmente nos referimos a adolescentes varones, que encuentran en comunidades como las llamadas INCEL no solo refugio, sino validación. Jóvenes que aprenden —sí, aprenden— que el rechazo es una afrenta, que las mujeres son culpables de su frustración y que la violencia puede ser una forma de reivindicación.
Esto no es una exageración. Desde la Psicología social y la Sociología se ha advertido con claridad: cuando el aislamiento, la frustración y la narrativa de agravio se combinan en entornos digitales sin regulación, el resultado puede ser explosivo.
Y aquí es donde debemos ser incómodamente honestos: nuestros adolescentes están siendo educados por algoritmos. Algoritmos que no tienen ética, que no tienen responsabilidad y que premian el contenido más radical, más violento, más polarizante. Mientras tanto, la escuela —con horarios, con programas saturados, con docentes rebasados— intenta contener lo que el mundo digital desborda todos los días.
La violencia hoy no nace en la escuela. Llega a ella cargada de contexto: familias fragmentadas, entornos normalizados por el crimen, acceso a armas, abandono emocional. Pero también llega —y cada vez con más fuerza— desde una culturalización de conductas que terminan en pantallas que nadie está regulando en serio.
Y justo en este escenario, Morelos anuncia el inicio del programa Entornos Digitales Seguros.
La intención es correcta. El momento, urgente. Pero la pregunta es brutal: ¿servirá, estará bien instrumentado?
Porque mientras diseñamos programas, hay adolescentes consumiendo discursos de odio en tiempo real. Mientras capacitamos docentes, hay jóvenes construyendo su identidad en comunidades que glorifican la violencia. Mientras hablamos de prevención, ya hay víctimas y padres que no se estan enterando y mucho menos poniendo atención.
No se trata de descalificar la estrategia, sino de dimensionar el tamaño del desafío. Hablar de entornos digitales seguros no puede reducirse a talleres o campañas. Implica confrontar plataformas, regular contenidos, formar a las familias, invertir en Salud mental, legislar y, sobre todo, aceptar que la violencia ya mutó: ya no solo se gesta en la calle, ahora se cultiva en línea.
Y si no entendemos eso, vamos a seguir llegando tarde.
Porque lo que estamos viendo no son casos aislados, son patrones. No son accidentes, son consecuencias. No es una crisis pasajera, es una transformación profunda de cómo los jóvenes se relacionan con el mundo, con los otros y consigo mismos.
Hoy la escuela mexicana no solo enfrenta rezagos académicos. Enfrenta algo mucho más complejo: jóvenes emocionalmente fracturados, expuestos a discursos extremos y con cada vez menos herramientas para procesar la frustración sin violencia.
Y frente a eso, la respuesta institucional sigue siendo, en muchos casos, insuficiente, reactiva… y peligrosamente optimista.
Porque hay algo que deberíamos decir sin rodeos: no estamos previniendo la violencia, la estamos administrando.
Y en esa administración, lo que está en juego no es solo la seguridad de las escuelas.
Es la viabilidad misma de la convivencia social.
Pero claro, siempre será más cómodo inaugurar programas que reconocer que estamos perdiendo el control.
Y en este país, ya sabemos qué pasa cuando la realidad rebasa al discurso: primero se niega, luego se explica… y finalmente se vuelve costumbre.