Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum aseguraba en Cuautla que la estrategia de seguridad comienza a dar resultados, Morelos seguía haciendo lo que mejor sabe hacer desde hace años: amanecer con muertos, balaceras, desapariciones, extorsiones y una ciudadanía que hace mucho dejó de confiar en que las cifras oficiales describen la realidad que vive.
No se trata de negar los datos.
Los números presentados por Omar García Harfuch muestran una disminución del 54% en el promedio diario de homicidios dolosos respecto de septiembre de 2024, una reducción del 32% en robo de vehículos y una baja del 9% en delitos de alto impacto. También informó de 2,243 detenidos, 519 armas aseguradas y más de 858 kilogramos de droga decomisada. Esas cifras existen y provienen de las bases oficiales.
Pero existe otra estadística que nunca aparece en las diapositivas.
La del comerciante que sigue pagando derecho de piso.
La de la madre que ya no deja salir solos a sus hijos.
La del empresario que prefirió cerrar antes que denunciar.
La del ciudadano que escucha una motocicleta acercarse y automáticamente siente miedo.
La de quienes todos los días abren Facebook esperando no encontrar la fotografía de otro ejecutado.
Esa estadística no la mide el SESNSP.
La mide el miedo.
Porque si algo dejó la visita presidencial no fue únicamente un mensaje sobre seguridad.
También dejó claro, quiénes ya comenzaron a acomodarse para el 2027.
Y ahí aparecen las lealtades.
O mejor dicho…
Las conveniencias.
Porque resulta difícil entender el doble discurso de algunos actores políticos.
Durante meses denuncian que Cuautla está abandonada.
Acusan corrupción.
Señalan omisiones.
Critican la inseguridad.
Responsabilizan a autoridades municipales y estatales.
Pero basta que llegue la Presidente para que todo se convierta en reconocimiento, agradecimiento y aplausos.
Entonces surge una pregunta inevitable.
¿En qué momento Cuautla dejó de ser un desastre?
¿Antes de que aterrizara el helicóptero presidencial o después de la fotografía oficial?
Porque ambas cosas no pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Y aquí es donde entran las hermanas Guerra.
No atacándola.
Sino poniendo el reflector.
La senadora Juanita Guerra ha construido una narrativa basada en ser una voz incómoda. Y su hermana otro tanto
Denuncia.
Exhibe.
Confronta.
Y muchos ciudadanos reconocen esa actitud porque, frente al silencio de otros, alguien al menos parece decir lo que ocurre.
El problema comienza cuando ese discurso termina exactamente donde empieza el poder federal.
Ahí desaparecen los cuestionamientos.
Ahí llegan los reconocimientos, aparecen los agradecimientos.
Y entonces uno se pregunta:
¿La inseguridad tiene distintos responsables dependiendo de quién ocupe el cargo?
Porque si el problema es estructural, la responsabilidad también debería serlo.
No puede exigirse cuentas al municipio y al estado mientras se exonera políticamente a la Federación.
Eso no es congruencia.
Es cálculo.
En Morena ya empezó la verdadera campaña.
No será una competencia de ideas.
Será una competencia de lealtades.
Veremos desfilar fotografías.
Reconocimientos mutuos.
Discursos cuidadosamente redactados.
Aplausos perfectamente sincronizados.
Porque todos saben que, en el partido gobernante, el aplauso oportuno suele abrir más puertas que una crítica inteligente.
La pregunta es otra.
¿Al ciudadano qué le deja todo eso?
Porque mientras unos construyen candidaturas, la gente sigue construyendo bardas más altas, comprando cámaras de vigilancia y aprendiendo a vivir con miedo.
Y esa es la estadística que ningún informe presume.
LEALTADES O CONVENIENCIAS: La política de la incongruencia… o del aplauso conveniente.