No sé cómo estarán muchas conciencias después de lo sucedido el sábado pasado en Cuautla
¿Celebrar?
¿Dar el Grito de Independencia?
Hablar de patria, de libertad, de paz y de seguridad mientras Morelos se desangra, es cada día mas difícil.

618 homicidios dolosos en Morelos entre enero y agosto de 2026 siguen siendo 618 vidas. Y 20 feminicidios oficiales entre enero y julio no son una estadística abstracta: son 20 mujeres asesinadas bajo esa clasificación… Y después está Claudia Tacoronte.

Pero dicen por ahí: la vida tiene que continuar, y sí; siempre y cuando aprendamos de nuestros desaciertos, o lo que se conoce en el servicio público, corrijamos nuestras áreas de oportunidad y evidentes omisiones.

Sin embargo, cuando esperaba haberlo visto todo, nuestras autoridades siempre encuentran forma de superarse. Desde el domingo 13 de septiembre circuló en redes el nombre, apodo, domicilio, y otros delitos cometidos por el hoy prófugo que quitó la vida a la joven Claudia; bueno, hasta en medios nacionales se notifico que la gente en Cuautla lo conocían como “el trompas” y que vivía con sus papás cerca de la avenida insurgentes. Osea, como dice en redes, “los vecinos le hicieron la chamba a la fiscalía”.

Se pasan de eficientes pues! Y, hasta el día de hoy, miércoles 16 de septiembre sale un comunicado donde la señora Gobernadora -la cual me tiene sinceramente muy, pero muy decepcionada- dice que ya hay orden de aprensión girada por la fiscalía, pero concluye diciendo: “si alguien tiene información que permita dar con su paradero llamar al numero de la fiscalía”… ¿se entiende mi decepción?

Sin embargo, ahí no para la hazaña, resulta que durante el desfile cívico militar hubo manifestantes de la UAEM que intentaron — y lo lograron — filtrarse sobre la calle Galeana. Y aquí viene la imagen a la que pocos pusieron atención. Entre todo el borlote que se generó jóvenes del Servicio Militar Nacional que formaban una valla como resguardo y protección de la ciudadania se atrevieron a jalar de pies y manos a las estudiantes manifestantes.

Y antes de que alguien salga a justificar lo injustificable, revisemos qué dice la propia Secretaría de la Defensa Nacional sobre el Servicio Militar.

SEDENA establece que el objetivo del Servicio Militar Nacional es formar ciudadanos responsables, disciplinados y respetuosos de los derechos humanos y de la equidad de género. También señala que quienes lo realizan reciben formación en valores, ética y civismo.

Entonces yo pregunto:
¿Esto que estamos viendo forma parte de ese aprendizaje?
¿En qué manual de civismo aparece jalar a una mujer del brazo y de las piernas?
¿En qué parte de la disciplina militar se enseña que el cuerpo de una manifestante se convierte en un objeto que puede arrastrarse para despejar el paso?
¿Y quién decidió que esos jóvenes debían intervenir de esa manera?

Porque si tenían una función específica dentro del dispositivo de seguridad, que nos la expliquen.
Y si no la tenían, que también nos expliquen por qué estaban haciéndolo.

No estoy acusando a esos jóvenes de haber recibido una orden determinada.
No lo sé.
Y precisamente por eso hay que preguntar.

Porque una democracia no debería funcionar a base de:
“No sabemos quién ordenó, pero ya pasó.”
Eso es exactamente lo que no podemos permitir.

Y luego está la otra fotografía.
La sociedad, los que están en las escalinatas, los que miran, los que tienen el teléfono en mano, los que seguramente despues comentarán la publicación, pero no denunciarán solo dirán: “que barbaridad”, “que poca”, “pobres muchachas”, “pinche gobierno”… o peor aun: “se lo merecen por revoltosas”…

Eso también somos.
Y quizá sea lo que más me preocupa.
Porque una institución puede equivocarse.
Un funcionario puede abusar.
Un elemento puede excederse. Pero cuando una sociedad completa observa y permanece inmóvil, el problema ya dejó de estar solamente en las instituciones.
Está en nosotros.

¿QUÉ NOS PASA COMO SOCIEDAD QUE ESTAMOS PARALIZADOS?
Nos acostumbramos a la violencia, a los muertos, a los desaparecidos, a los feminicidios. A los asaltos, corrupción?

Nos acostumbramos a que nadie responda una llamada de auxilio.
Y ahora parece que también estamos aprendiendo a acostumbrarnos a ver a una mujer en el suelo mientras otros la jalan.

¡Qué eficiente ha sido la normalización!
Ya ni siquiera necesitamos que nos callen.
Nos callamos solos.

Y los medios…
Aquí aparece otro personaje incómodo de esta fotografía.
El periodista.
Porque mientras alguien observa, alguien registra.
Y eso importa, he importa mucho, el poder sabe que está siendo observado, entonces, todavía existe una posibilidad de frenarse… pero eso, eso no pasó!

¿Qué estamos enseñando?
Porque los jóvenes aprenden observando.
Aprenden de lo que les dicen.
Pero, sobre todo, aprenden de lo que ven hacer a quienes tienen autoridad.
Y si lo que ven es que ante la protesta la respuesta es jalar, someter y seguir caminando… también eso se aprende. Y después nos preguntamos ¿por qué una sociedad se vuelve violenta?

«Lo peor de ser pendejo, es ser un pendejo con iniciativa…»
Eso decía mi jefe.
Y sí, la frase es políticamente incorrecta, pero muy adecuada a lo que vimos hoy, porque el problema no es solamente haber dado poder. El problema es darle poder a alguien sin enseñarle los límites que tiene ese poder.

Y peor todavía:
darle poder, dejarlo hacer y después decir:
“Aquí no pasó nada.”
Sí pasó.
Pasó frente a nosotros.

Tenemos fotografías, video, periodistas, testigos, tenemos una protesta, el letrero de Gobierno del Estado, la institución enfrente, autoridades y la sociedad solo mirando.

¿QUIÉN AUTORIZÓ QUE ESTO FUERA LA FORMA DE CONTROLAR UNA PROTESTA?
Y si la respuesta es que nadie lo autorizó, entonces viene una pregunta todavía peor:
¿Qué estamos formando?
Porque si nadie ordenó y alguien decidió hacerlo por iniciativa propia, entonces el problema no desaparece.
Se hace más grande.
Y ahí sí recuerdo a mi jefe.

Porque quizá lo verdaderamente peligroso no es que alguien tenga iniciativa.
Es que tenga iniciativa, tenga poder y nadie le haya enseñado dónde termina su autoridad y empieza el derecho del otro.
Y mientras tanto, los demás seguimos sentados en las escalinatas.
Mirando.
Grabando.
Callando.
Esperando que alguien más diga algo.
Pues aquí está lo que yo tengo que decir:

¡No quiero acostumbrarme a esto!.
No quiero que mañana una mujer arrastrada por el suelo sea solamente otra fotografía.

No quiero que una protesta por un feminicidio sea solamente “el incidente del desfile”.
No quiero que el abuso se convierta en protocolo.
No quiero que el silencio se convierta en nuestra forma de convivencia.
Y tampoco quiero que volvamos a celebrar la independencia sin preguntarnos algo elemental:
¿Independientes de quién?

Porque si tenemos miedo de la delincuencia, miedo de la autoridad, miedo de denunciar, miedo de preguntar y miedo hasta de indignarnos… entonces quizá el problema no sea solamente quién gobierna.

Quizá el problema es que nosotros ya dejamos de gobernar nuestra propia indignación.
Y eso, señoras y señores, sí que es una forma muy mexicana de celebrar la libertad: gritar “¡Viva México!” mientras aprendemos a vivir callados.