El Mundial terminó y, con él, esa pausa colectiva en la que por unas semanas dejamos de discutir y nos unimos con una sola voz y un solo sentimiento.
Este Mundial pasó por etapas que no había visto antes – y ya me tocaron vivir tres -. Primero, el intento de meter con calzador la narrativa feminista en un escenario donde la testosterona suele gobernar. Y no, no funcionó. El futbol tiene su propia dinámica: la pasión no distingue géneros.
Las mujeres que disfrutamos este deporte no necesitamos que nos expliquen cómo vivirlo. Nos apasionamos, gritamos, sufrimos, lloramos de emoción o de frustración. Algunas aportan el encanto de las tribunas; otras aprovechan para echarse un buen taco de ojo; y más de una, en las sedes mundialistas, decidió perder el pudor y a veces el estilo. Habrá que esperar por ahí de marzo para ver si el Mundial también dejó su huella en las estadísticas de natalidad.
Pero dejando la anécdota, el futbol fue el verdadero protagonista.
La final Mexicana fue un gran partido. México dominó largos lapsos del encuentro. Tuvo mayor posesión del balón, generó más llegadas y más disparos a gol. Sin embargo, Inglaterra entendió algo que muchas veces decide el marcador: no siempre gana quien juega más bonito; gana quien se equivoca menos.
El primer gol inglés nació de un error defensivo que pudo haberse corregido. Lo preocupante fue que el segundo llegó prácticamente con la misma receta. Cuando el rival te enseña cómo piensa y tú no ajustas, deja de ser sorpresa y se convierte en error garrafal.
Los ingleses, fieles a su tradición deportiva, y como caballeros de la mesa redonda reconocieron al finalizar la enorme dificultad que representó enfrentar a México. Y tenían razón. Fue una final mucho más cerrada de lo que el marcador puede hacer creer.
Pero hubo un gran ausente: los egos. Y qué bueno que así fue.
Por momentos vimos una Selección en la que cada jugador entendió cuál era su función. Se acompañaron, respetaron los espacios, confiaron en el trabajo del compañero y privilegiaron el objetivo colectivo por encima del lucimiento individual. Eso no siempre había sido una característica del futbol mexicano.
También fue inevitable ilusionarse con el carácter de los más jóvenes. Jugadores como Mora, «Morita» como fue bautizado y del otro lado César Rodríguez, surgido del CETIS 100, demostraron que el talento sirve de poco si no viene acompañado de valentía, personalidad y hambre de trascender. No se escondieron cuando se exigía asumir responsabilidades; al contrario, las buscaron.
Quizá ahí esté la mejor noticia que nos deja este Mundial. ¿Será que, por fin, estamos viendo nacer una generación capaz de romper con los viejos complejos del futbol mexicano y trascender con una mentalidad diferente? Ojalá. Porque el talento siempre ha existido; lo que muchas veces nos faltó, fue creer que el escudo pesa más que el apellido.
Entonces, ¿cuál es el aprendizaje?
Que dominar no basta.
Puedes tener más tiempo el balón, más oportunidades y más iniciativa, pero si no conviertes las oportunidades y permites que un rival preciso aproveche tus errores, el marcador termina escribiendo una historia distinta.
Y esa lección va mucho más allá del futbol.
También ocurre en la política. En la educación. En las instituciones. En la vida misma.
Hay gobiernos que presumen cifras, reuniones y discursos… pero un solo error de ejecución borra horas de trabajo. Hay personas que hablan mucho de sus proyectos y otras que, con pocas acciones bien hechas, consiguen los resultados.
Inglaterra tuvo menos posesión, menos oportunidades y apenas cuatro disparos claros: convirtió dos durante el juego y uno más desde el punto penal. México generó más, pero la eficacia terminó venciendo al rival.
La moraleja es incómoda, pero necesaria: el esfuerzo sin estrategia puede ser tan estéril como el talento sin disciplina.
Porque al final, el marcador no premia al que más intentó…
Premia al que entendió que las oportunidades no se cuentan; se aprovechan.
Y esto también va para los entrenadores… para los que hacen la política educativa, pero sobre todo para los maestros.
Vivimos en un mundo globalizado y hoy mas competitivo que antes. Así como hoy disfrutamos un Mundial que reunió distintas culturas futbolísticas, en la educación ya no podemos seguir enseñando con las ventanas cerradas. Nuestros alumnos competirán con personas que piensan, crean y resuelven problemas desde cualquier parte del planeta.
Las leyes deben dar certeza, no convertirse en una camisa de fuerza para la creatividad. Ningún reglamento debería limitar el criterio profesional de quien enseña, ni impedir el uso inteligente de las herramientas que hoy ofrece el mundo. Educar no es repetir contenidos; es formar personas capaces de enfrentar realidades que todavía ni siquiera conocemos.
Si queremos estudiantes de clase mundial, necesitamos maestros de clase mundial. Maestros que observen lo que ocurre fuera de su aula, fuera de su municipio, fuera de su estado y fuera del país. Porque nadie puede preparar a un joven para competir globalmente si él mismo nunca ha abierto las ventanas al mundo, el contexto esta hoy afuera, adentro es lo que hay que cambiar.
Hoy el futbol nos recordó una verdad que aplica para la educación: no basta con trabajar mucho; hay que aprender de los mejores, competir con los mejores y atreverse a pensar como los mejores.
Porque, al final, el mayor riesgo no es perder una final.
El mayor riesgo es seguir enseñando como si el mundo no hubiera cambiado.
Y el mundo… hace mucho que empezó a jugar otro partido.