Hay una pregunta que quedó pendiente al terminar la segunda parte: ¿qué ocurre cuando un movimiento político deja de hablarle al pueblo y comienza a hablar en nombre del pueblo?
Porque ahí es donde esta historia deja de ser solamente una revisión histórica y comienza a mirar directamente a México.
En las dos primeras partes hablamos de la herida y después de las reglas. Hablamos de cómo un movimiento puede crecer sobre el resentimiento, construir una identidad alrededor de la idea de salvación y, una vez en el poder, comenzar a modificar las reglas que limitan al propio poder.
Ahora tenemos que hablar de algo todavía más delicado: qué ocurre cuando el movimiento empieza a enfrentarse con sus propias contradicciones.
El fin de semana pasado tuvimos un episodio que difícilmente podría haber sido más ilustrativo.
Rubén Rocha Moya regresó el viernes a la gubernatura de Sinaloa después de 112 días de licencia. Lo hizo mientras continúan abiertas investigaciones en México y después de que fiscales estadounidenses lo acusaran de conspiración para traficar drogas, sobornos y protección a organizaciones criminales. Rocha niega las acusaciones y sostiene que se trata de señalamientos políticamente motivados.
Pero lo verdaderamente revelador no fue solamente su regreso. Y el franco apoyo de algunos despistados… aunque como dicen por ahí: “tres Doritos después” vimos la reacción de su movimiento.
Morena se deslindó públicamente de la decisión. Sus bancadas también. Legisladores pidieron que reconsiderara. La presidente Claudia Sheinbaum dijo que no había tenido conocimiento previo de su regreso y calificó la decisión de imprudente o, en sus palabras, “no pertinente”.
Y al día siguiente, Rocha volvió a pedir licencia.
Regresó al poder y duró alrededor de un día.
La política mexicana, de vez en cuando, tiene un sentido del humor bastante oscuro.
Pero detrás de la anécdota hay algo mucho más serio.
Porque el problema ya no es solamente Rocha.
El problema es la institución.
La Fiscalía General de la República mantiene abierta una investigación sobre Rocha y otros funcionarios señalados por Estados Unidos. En julio, la propia FGR informó que todavía no tenía pruebas suficientes para sostener esos vínculos bajo el estándar probatorio mexicano, aunque aseguró que la investigación continuaba.
Siendo muy claros: una acusación no es una condena.
Rocha no debe ser condenado públicamente sin pruebas.
Pero tampoco debe ser exonerado políticamente antes de que termine una investigación.
Precisamente para eso existe una Fiscalía. Entonces: ¿Cuándo tendremos resultados?
La oposición lo ha exigido en el Congreso y en el Senado. Y ahora resulta particularmente significativo que sea un senador de Morena, Manuel Huerta, quien también esté exigiendo a la FGR acelerar las investigaciones sobre Rocha y otros políticos sinaloenses para que exista un deslinde o, en su caso, acción judicial.
Es decir: el reclamo de investigar no viene solamente de la oposición.
Ahora es una reacción desde el interior de Morena.
Y eso debería obligarnos a formular una pregunta todavía más importante:
¿Para quién funcionan las instituciones?
Porque una Fiscalía debe investigar al adversario, al aliado, al gobernador, al funcionario, al empresario, al ciudadano.
A quien sea.
Sin camiseta partidista.
Sin instrucciones políticas.
Sin protección política.
Porque si una institución investiga, pero los resultados nunca llegan; si reserva información durante años; si existen acusaciones internacionales de enorme gravedad y la respuesta institucional permanece indefinidamente en el terreno de “la investigación continúa”, entonces el ciudadano tiene derecho a preguntar:
¿qué está investigando exactamente la institución y cuándo tendremos respuestas?
La FGR reservó hasta 2031 las preguntas que realizó a Rocha durante su comparecencia, argumentando que hacerlas públicas podría afectar las líneas de investigación. Es una explicación jurídicamente comprensible en una carpeta abierta, pero políticamente deja una pregunta inevitable: ¿cuánto tiempo puede permanecer una investigación de esta magnitud sin resultados públicos?
Y esto nos lleva directamente al argumento central de esta serie.
Porque una democracia no se mide solamente por cuántas leyes aprueba.
Se mide por qué tan independientes son las instituciones que deben hacer cumplir esas leyes.
Y ahí está la verdadera prueba.
EL PROBLEMA NO ES QUE MORENA TENGA PODER
Que Morena tenga mayoría no es antidemocrático.
Ganó elecciones.
Tiene derecho a gobernar.
Tiene derecho a impulsar sus reformas.
El problema aparece cuando la mayoría comienza a entender que ganar también significa controlar todos los espacios de decisión.
Porque ahí regresamos a la segunda parte:
la legalidad no es toda la democracia.
Y AHORA SÍ: EL PUEBLO
Durante años hemos escuchado las mismas frases:
“El pueblo lo pidió.”
“El pueblo lo decidió.”
“El pueblo lo aprobó.”
Pero hay una diferencia fundamental entre que el pueblo elija a un gobierno y que un gobierno pueda hablar en nombre de todo el pueblo para justificar cada una de sus decisiones.
Y cuando un movimiento comienza a decir:
“Nosotros somos el pueblo”,
la siguiente pregunta es inevitable:
¿Entonces quiénes son los que están contra el pueblo?
Ahí es donde la polarización deja de ser solamente una estrategia electoral y comienza a convertirse en una herramienta de control político.
Porque si el adversario deja de ser adversario y se convierte en enemigo; si la crítica se convierte en traición; si la prensa crítica se convierte en propaganda enemiga; si una institución independiente se convierte en obstáculo…
entonces el problema ya no es quién gobierna.
Es qué límites quedan para quien gobierna.
EL DESGASTE
Y aquí quiero hacer una precisión.
No voy a decir que Morena está acabado.
Sería irresponsable.
Morena conserva poder, estructura, gobiernos estatales y capacidad electoral.
Pero una cosa es tener poder y otra conservar autoridad moral.
Y ahí sí estamos viendo señales de desgaste.
Porque el movimiento que llegó diciendo:
“ellos son los corruptos”
ahora tiene que responder por los suyos.
El movimiento que decía:
“las instituciones estaban capturadas”
ahora tiene que demostrar que las propias funcionan.
El movimiento que decía:
“el pueblo manda”
ahora tiene que explicar quién decide qué quiere el pueblo.
Y el movimiento que prometió una transformación histórica empieza a enfrentarse con una pregunta inevitable:
¿qué hicieron con el poder que les dimos?
El caso Rocha lo mostró con una claridad extraordinaria.
El gobernador regresó.
Morena se deslindó.
La presidenta se deslindó.
Y Rocha volvió a pedir licencia.
En política, cuando todos necesitan aclarar que el otro actuó por su cuenta, generalmente hay un problema de coordinación.
Y cuando un movimiento que presumía unidad comienza a producir deslindes públicos…
la grieta ya no está afuera. Está adentro.
LA VERDADERA PRUEBA
Durante años Morena pudo construir buena parte de su identidad alrededor de una oposición sencilla:
ellos eran el pasado;
nosotros, el cambio.
Ellos eran corrupción;
nosotros, transformación.
Ellos eran privilegio;
nosotros, pueblo.
Pero cuando gobiernas durante años, llega un momento en que ya no puedes explicar todo mirando hacia atrás.
Tienes que responder por lo que ocurre bajo tu propia administración.
Y ahí cambia completamente el juego.
Porque es muy sencillo ganar una elección diciendo:
“Ellos son el problema.”
Lo difícil es gobernar y responder:
“¿Y ustedes qué están haciendo?”
Y quizá ahí está comenzando el verdadero desgaste de Morena.
No necesariamente el electoral.
Todavía no.
El desgaste de la narrativa.
La contradicción entre lo que prometió y lo que comienza a reproducir.
Porque cuando un movimiento llega al poder prometiendo terminar con la vieja política y termina enfrentando los mismos problemas de poder personal, pugnas internas, privilegios, lealtades y protección política que criticó durante años, ocurre algo muy incómodo:
la transformación comienza a parecerse demasiado a aquello que prometió sustituir.
Y ése puede ser el verdadero desmoronamiento.
No que Morena pierda mañana una elección.
Sino que la sociedad deje de creer que Morena representa algo moralmente distinto.
Porque los partidos pueden perder elecciones y recuperarlas.
Lo que resulta mucho más difícil de recuperar es la credibilidad.
Y AQUÍ TERMINA LA SERIE
Comenzamos hablando de una sociedad herida.
Después hablamos de cómo los movimientos políticos pueden convertir esa herida en movilización.
Después hablamos de las leyes y de las reglas.
Y ahora terminamos hablando de las instituciones.
Porque ésa es la prueba final.
No importa cómo se llame el movimiento.
No importa de qué color sea.
No importa cuántos votos tenga.
La pregunta es mucho más sencilla:
¿Quién puede decirle “no” al poder?
Si existe alguien que puede hacerlo, la democracia tiene defensas.
Si nadie puede hacerlo, entonces la mayoría deja de ser contrapeso y comienza a convertirse en control.
Y por eso vuelvo al principio.
Primero prometieron salvación.
Después ofrecieron regeneración.
Luego hablaron de transformación.
Y finalmente dijeron:
“El pueblo decidió.”
Pero quizá el verdadero problema comienza cuando el poder ya no escucha al pueblo…
sino que decide quién es el pueblo.
Y quizá por eso el verdadero riesgo para Morena ya no sea la oposición.
Sea la realidad.
Porque contra la oposición siempre se puede construir otro discurso.
Pero contra los resultados, las contradicciones y las propias instituciones…
ya no alcanza con señalar hacia atrás.
Y entonces llega la pregunta que ningún movimiento puede evitar eternamente:
¿qué hicieron con el poder que el pueblo les dio?
Porque el desmoronamiento de un movimiento político no siempre comienza cuando pierde una elección.
A veces comienza mucho antes.
Cuando pierde coherencia.
Cuando sus discursos dejan de coincidir con sus actos.
Cuando la unidad comienza a convertirse en deslindes.
Cuando la superioridad moral necesita explicaciones.
Y cuando el “pueblo” deja de ser una sociedad plural…
para convertirse en un argumento político.
Entonces quizá la transformación no se esté desmoronando porque alguien la esté derrotando.
Quizá esté empezando a desmoronarse porque está encontrándose consigo misma.
Y cuando un movimiento deja de tener enemigos afuera y comienza a tenerlos adentro…
cuando sus propios líderes necesitan deslindarse unos de otros…
cuando sus propias instituciones empiezan a generar más preguntas que respuestas…
entonces la pregunta deja de ser:
“¿Quién va a derrotar a Morena?”
Y se convierte en otra mucho más incómoda:
¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un movimiento cuando deja de parecerse a la promesa que lo llevó al poder?
Porque las revoluciones políticas no siempre terminan cuando alguien las derrota.
A veces terminan cuando la gente deja de creer en ellas.
Y ése…
ése sí sería el principio del fin.